lunes, 30 de enero de 2017

Planes

2017, si los dioses son propicios, verá publicados de nuevo mis libros en las distintas plataformas,tras un par de años desaparecidos. El orden seguramente tendrá que ver con mis preferencias:

En primer lugar, las novelas:

-Una cuestión de prueba (Someted la tierra, vol. I)
-La medida de lo posible (Someted la tierra, vol. II)
-Los nuevos


Luego el libro de relatos y novelas cortas:

-Zonas de sombra


Y acabaré con el volumen que recopilaba la crítica literaria del blog, el título aún no está claro.


2017, si a los dioses les da por hacer milagros, verá también cómo avanza la elaboración de mi novela corta, y quizá la de la larga, que podría ser la tercera y última de la trilogía Someted la tierra, cuyo nexo de unión es la violencia propiamente masculina y los limitados intentos del derecho por enfrentarse a ella, aunque los argumentos y personajes son diferentes en los tres casos. También hay algunos relatos que llaman a la puerta de cuando en cuando.  


Lo dejo escrito para que conste, para interpelarme y comprometerme.



La terquedad del salmón.

Hay algo hermoso en su batalla contra la espuma que lo bate, los guijarros que lo golpean, la pendiente que desafía su salto. Aparece vigoroso a dos palmos del agua y deja que lo vean, luego se hunde y sigue nadando. Hasta que un gancho se introduce en su boca, y tira y desgarra, y lo aparta de su destino. Hoy he pensado en ese salmón capturado y expuesto en una vitrina, antes de ser despedazado y engullido. Muchos llegan, muchos otros fracasan. Como todos ellos, trato de permanecer alejado del anzuelo. Miro hacia adelante y aleteo. Algo me espera allí arriba, donde nace el río.
 
2017, cuarenta y seis años,  la mayoría de abjuraciones en vez de trabajo, porque la ruta se me ha hecho demasiado ardua. Pero luego pasa el tiempo, cambian las estaciones, y siempre vuelvo, movido por un impulso terco e inevitable; porque en ese lugar, contra la corriente y las sombras amenazantes de la ribera, me sigo sintiendo vivo.     

domingo, 15 de noviembre de 2015

Apuntes sobre los usos y maneras del mercado editorial español. A propósito de “List of the Lost” (Morrissey).


Comencemos por recordar, para los no iniciados, que el cantante Morrissey ha publicado recientemente una novela corta, “List of the lost”, en el sello editorial Penguin, donde previamente había aparecido su “Autobiografía”, recibida con parabienes de público y lectores.

Morrissey es un excelente autor de canciones y una figura irrepetible en el panorama artístico. Me cuento entre los que, después de haberlo idolatrado en la típica juventud aliviada por la lírica del angst que caracterizaba los discos de los Smiths, continuó siguiendo su trayectoria en solitario, donde alcanzó cotas asimilables a las precedentes en títulos como “Viva Hate”, “Kill Uncle” (sí, que los odiadores me perdonen), “Southpaw Grammar” o “Vauxhall and I”. Su carácter irreductible, sarcástico hasta niveles incompatibles con la salud de sus detractores, al que acompaña un ego que no cabe en todos los recintos que continúa llenando en unas giras cada vez más globales, lo han ido convirtiendo en un personaje incómodo hasta para quienes lo admiramos. Por así decirlo, ha envejecido mal. Muchas de sus declaraciones, rabietas e intolerancias reflejan un carácter extremadamente quisquilloso que nos divierte tanto como nos saca de quicio. Pero lo cierto es que, disco tras disco, incluso el último y desaparecido –por su enésima riña con una casa discográfica- “World Peace is none of your business”, continúa ofreciéndonos perlas que amplían y consolidan su repertorio como uno de los más notables de la música popular de todos los tiempos.

Sirva este contexto para calificarlo como una figura polémica, de tal forma que no podemos extrañarnos si la recepción mediática de alguna de sus manifestaciones o de sus trabajos presenta un aire de vendetta a cargo de quienes llevan años esperando que su apoyo popular –aun en el nivel “de culto”- se resquebraje para ajustar cuentas. Esto no ocurrió con motivo de la publicación de “Autobiografía”, aunque la ocasión parecía propicia: si bien las discrepancias en torno a la calidad de sus discos son perfectamente admisibles y apenas resultan relevantes –ese es su negocio, por así decirlo-, el hecho de aventurarse en otro lenguaje y otro sector cultural, como el literario, propiciaba que las valoraciones críticas encontrasen mucho mayor margen para desenvolverse sin el condicionante del peso específico del autor. Aquel primer libro, sin embargo, fue excelentemente bien recibido. Los reproches que en modesta medida se le hicieron respondían más bien a su particular carácter y obsesiones, pero en general se aplaudió su buena prosa y, sobre todo en el primer tercio del libro, su capacidad para reflejar la Manchester neblinosa y desesperanzada de los años sesenta.

Animado sin duda por el éxito de la obra, el bueno de Mozz se lanzó a la novela, cosa muy distinta y frecuentemente muy mal entendida. Daría para muchas páginas de especulación más o menos útil, así que dejémoslo en un solo –pero muy determinante- rasgo que diferencia la ficción de la realidad literaria: para abordar aquélla, en especial cuando se trata de hacerlo a través de una visión intimista –y no del típico espectáculo de tramas superficiales-, se hace precisa una mínima capacidad de empatía, el autor necesita salir de sí mismo y entender a los otros, ponerse en su lugar y dotarlos de vida. Antes de que tuviese noticia de la publicación, uno ya dudaba de que Morrissey fuese capaz de eso. El carácter egocéntrico ha sido el motor de grandes logros en la historia de la humanidad, pero seguramente resulta incompatible, como decimos, con la empatía necesaria para adentrarse con sentido y sensibilidad en las vidas ajenas. Por otro lado, las propias letras de las canciones, sobre todo en los últimos tiempos, han reflejado en no pocas ocasiones un balanceo inquietante entre lo sublime y lo ridículo, situación que carece de importancia cuando van arropadas por una buena melodía.

No ocurre así en la novela, donde no hay otra música salvo la de la palabra, y en el caso de “List of the lost” todo apunta a que nos encontramos con una desafinación alarmante. No la he leído, y mucho me temo que mi nivel de inglés tampoco lo permitiría, máxime si tenemos en cuenta que para los propios anglosajones resulta complemente ilegible. Las críticas han sido unánimes: se trata de un verdadero espanto. Cuando hablamos de críticas nos referimos a las de los grandes medios de comunicación ingleses, pero también a las de otros alternativos –webs y blogs- donde no es difícil encontrar intentos heroicos de admiradores por suavizar el juicio que acaban perdiéndose a medida que avanzan los párrafos y terminan reconociendo que es lo peor que han leído nunca.

Todo esto, no obstante, presenta un interés mucho mayor para el lector español que el de desaconsejar acercarse al libro. Me refiero a las herramientas con las que muchos de esos críticos y reseñistas lo han analizado, sorprendentemente eficaces y rigurosas, esto es, propiamente literarias. Hacía mucho tiempo que uno no se encontraba con un desmenuzamiento semejante del lenguaje y la sintaxis, del argumento o la capacidad para poner personajes en pie, de la verosimilitud de las escenas o los diálogos… De esta forma gran parte de las opiniones resultan hirientes al desnudar con aparente ensañamiento aspectos tales como la pedantería de la prosa, lo delirante de la historia, la previsible incapacidad del autor para construir caracteres diferenciados de sí mismo, etc., etc. Algunos de los párrafos de la novela han acabado circulando por la red como ejemplos patéticos de una escritura tan vacua como llena de ínfulas, y aún más dolorosa acaba siendo la actitud, seguramente sincera, de quienes lamentan que nadie de su entorno hubiese aconsejado a Morrissey que abandonase el proyecto. La conclusión que uno saca es la de que nos encontramos ante un pésimo escritor, al menos de ficción, que ha recibido un merecido escarmiento por la arrogancia con la que se ha atrevido a probar otras expresiones artísticas tras haber obtenido éxito en la suya.

Lo que nos lleva a comparar esta situación con el panorama editorial, literario, cultural o como queremos llamarlo en nuestro país. Quizá el mejor de los calificativos sería el de “político”, pues constituye en remedo fiel de las peores prácticas, a cargo de los gestores públicos y en connivencia con operadores privados, que nos han conducido al agujero; lo que podríamos resumir con la expresión “capitalismo de amiguetes” que comienza a popularizarse afortunadamente entre nosotros, ya que describe con acierto un sistema en el que principios como el mérito y el esfuerzo han sido pisoteados con jolgorio en favor de la corrupción generalizada. En el caso de lo “literario” ahí están los premios, especialmente los públicos, ciscándose en el Código Penal, pero hay muchas otras prácticas igualmente rechazables que pasan mucho más desapercibidas y que harían imposible que en España ocurriese algo como lo que pasado con “List of the lost”.

En efecto, invito a cualquier lector/a a que se acerque a las mesas de novedades de las librerías y trate de encontrar novelas no escritas por presentadores de televisión, comentaristas, tertulianos, tronistas, monologuistas, cantantes famosos, modelos, cocineros, políticos (sí, hasta aquí han llegado), diseñadores de lo que sea, actores, deportistas y, en general, cualquiera que pueda ser reconocido como “famoso” sin importar demasiado el motivo. ¿Están en su derecho de hacerlo? Por supuesto que sí. Lo que es una completa anomalía en nuestro país es que sus “creaciones” se vean beneficiadas no ya por los lugares más privilegiados en escaparates, estanterías, programas de radio y televisión y reseñitas en toda clase de periódicos y revistas, sino por una bula crítica tan escandalosa como incomprensible.

En efecto, cuando se trata de promocionar una novela de semejante pelaje, veremos cómo se la recibe con una alfombra roja producto de un doble efecto:
-El elitista y descerebrado desdén con el que los medios "culturetas" obvian la aparición de tales libros, como si, dando por descontado que carecen de una mínima calidad, ni se molestasen en ensuciarse las manos para abrirlos y echarles aunque sea un vistazo. "Este no es mi departamento", parece decir. Con lo cual todos esos productos impresos cuentan con la grantía del silencio de aquellos medios dotados, en principio, de mayor capacidad y herramientas críticas. Se puede dar la paradoja, así, de que una novela, ensayo o poemario de un autor "literario", cuyo horizonte de supervivencia y repercusión cultural dependa de la buena recepción que consiga en tales medios minoritarios, vea completamente truncada su trayectoria por una mala reseña. Sin embargo, el "esperado debut en la ficción" de un presentador de chascarrillos televisivos nunca será sometido a la evaluación crítica de los prescriptores más especializados. De ahí que califique ese desdén no sólo como elitista, sino como profundamente descerebrado: creyendo que con ese gesto de sacudirse el polvo del hojal dejas claro que aquel libro nada tiene que ver con la literatur, le abres por completo el camino mientras cierras aquel otro que sí merece tu consideración. 
-Pero el segundo paso, y sin duda el más relevante para el efecto final, es el de los grandes medios de comunicación, ya sean de papel o digitales, radiofónicos o televisivos, y ya se manifiesten en reportajes ad hoc, recomendaciones en páginas misceláneas -como esas de regalos para navidad, el día del padre o de la madre o San Valentín- o incluso como reseñas en suplementos culturales. Pues bien, en este caso nos encontramos con una entrevista, una breve sinopsis, o incluso una crítica a cargo de alguien previamente elegido para que dócilmente y con cuatro frases genéricas selle el pasaporte literario del "famoso". 

Entre unos y otros, ancha es Castilla. Una vez más, nuestro heroico mundo editorial puesto a los pies del dinero fácil e inmediato. Y todos los operadores que en él se manejan, incluso los independientes que nada tienen que ganar o perder, haciendo de corifeos perfectos para que todo llegue a buen puerto. Así es que muchos autores de los que podríamos calificar como "literarios" y cuyas obras aparecen en sellos como Tusquets, Anagrama o similares -por citar los de mayor peso- se ven desplazados en el disputado espacio de las mesas y estanterías -físicas o digitales- por el presentador de la tertulia del corazón, la periodista de variedades matinales o el actor monologuista. Si a ello le añadimos que podemos ver a muchos de esos corifeos a que hago referencia clamando contra el capitalismo en artículos, manifestaciones y entrevistas, el cuadro grotesco termina por completarse. Claro que quizá el capitalismo que abominan es aquel fundamentado en los principios de mérito y esfuerzo, y que acompañado de una adecuada regulación por unos poderes públicos lo suficientemente vigilados para ser eficaces e independientes, puede conducir a resultados más o menos cercanos a la realidad de las capacidades de cada cual. No, el capitalismo contra el que no claman, y en el que se sienten agusto, es el de amiguetes: yo me callo para que tal editorial tenga éxito con esto, que mejor llevarnos bien, y así a mí me pude caer algo. Favor por favor. 

¿Sería posible lo que ha sucedido con "List of the lost" en España? ¿Podría la incursión novelesca de un personaje público, de bien ganada importancia en otras facetas, aparecer en un gran sello editorial y ser sometido a enjuiciamiento crítico propiamente dicho? ¿Nos imaginamos una de esas novelas que ahora mismo pueblan nuestros escaparates desmenuzada con arreglo a los recursos del análisis literarios, y con sus carencias expuestas detalladamente? Y conste que con ello no presumo que en todo caso se tratase de malos libro. Lo único que constato es que, al igual que ocurre con los licitadores amigos del concejal de turno, o el sobrino opositor del gerifalte del partido, nunca jamás se verán en la molesta tesitura de exponer sus verdaderos méritos. Eso queda para la masa sumisa que asiente y paga.

Una lectura libre de prejuicios de "Lo que no te mata te hace más fuerte" (Millennium 4), de David Lagercrantz.

Las armas estaban cargadas. Antes de que saliese a la venta el libro ya se habían escrito unos cuantos artículos de opinión sobre el manido asunto de la última o real voluntad de los escritores fallecidos (Kafka/Max Brod, etc.), y no pocos opinadores habían comenzado a crucificarlo. Entre ellos un conocido novelista por la gracia de dios (ahí tenéis una pista) que mencionaba con inequívoca repugnancia que el tal Lagercrantz era nada menos que autor de la biografía de un futbolista (¡anatema!). Vaya por delante que, en mi modesta opinión, nada hay de reprochable en el hecho de que determinados personajes que han sobrevivido a su propio autor hasta el punto de independizarse y formar parte de la cultura popular sean revividos en nuevas ficciones. Así ha ocurrido con grandes mitos de la literatura de género, desde vampiros a detectives, y no cabe duda de que la triología de Larsson puede encuadrarse en ese ámbito por obra y gracia de la memorable Lisbeth Salander. Es oportuno recordar aquel artículo de Vargas Llosa significativamente titulado "Lisbeth Salander debe vivir", y que culminaba de una manera tan certera como hermosa: "¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!". 

Sentado esto, y al menos para los que no sólo no estábamos en contra del proyecto, sino que lo esperábamos con ilusión, ¿quiénes éramos para prejuzgar la calidad del autor elegido?, ¿habría pasado el propio Larsson, cuando era un periodista desconocido fuera de su país, semejante examen? A lo que debemos añadir que David Lagercrantz contaba con notable prestigio precisamente a raíz de lo que el elefante literario aquel despreciaba: el vuelo que había conseguido infundir al relato de la vida de uno de los deportistas suecos más queridos en su país, Zlatan Ibrahimović, como una de esas historias de superación que partía de unos orígenes harto difíciles hasta llegar a la gloria europea. 

Para completar la sensación de que publicar el libro era un acto vergonzoso y, en consecuencia, vergonzante, las entrevistas a los editores españoles se centraban en el porqué de la decisión de continuar la saga, en si partía o no de unas cuartillas de Larsson -como si eso fuese realmente determinante- y en si los lectores estarían satisfechos con el resultado. Las respuestas resultaban tan temblorosas como tajantes parecía la certeza que se nos quería transmitir: la novela iba a ser un churro que en absoluto respetaría la calidad y el criterio del autor original (y esto sugerido por quienes denunciaban antaño su escasa entidad literia, en fin).

Con este panorama, uno se veía tentado de coger el libro con más motivos para estar a favor de su existencia que en contra, y con ganas de que quienes habían difundido toda clase de prejuicios, que no opiniones, estuviesen equivocados. Lamentablemente, no ha sido así. Me atrevería a decir que la obra falla en algo que debería haber sido su presupuesto: el respeto, no al estilo o las manera de enhebrar tramas y levantar estructuras, sino al espíritu que se hacía evidente en la trilogía. Larsson había sido un excelente lector de novela negra, policiaca y política, y sus libros eran una singular mixtura de las tres caracterizada sobre todo por la profundidad emocional de sus personajes principales: el investigador periodístico insobornable, respetuoso hasta el extremo con los principios de su profesión, y la hacker asocial, de rasgos psicopáticos, asimismo comprometida e intolerante frente a las injusticias. Esa especie de impulso ético, nacido de una biografía abundante en maltratos, ya fuese vividos o estudiados, creaba una afinidad entre ambos que se convertía en el verdadero motivo de las novelas, más allá de las historias que desarrollaban. El lector devoraba las páginas arrastrado por esa misma necesidad de reparar el daño, de sobrevivir al puñetazo de los poderosos y, una vez recuperados, devolvérselo con aún mayor fuerza. Ahí estaba el espíritu de Salander, y el de Larsson.

David Lagercantz, sin embargo, ha constuido un thiller policiaco de espionaje informático sobrecargado de información perfectamente prescinsible, sobre todo en el mundo en que vivimos, con un narrador omnisciente que salta de una mente a otra, aun episódicamente, como si describiese con detalle las escenas de una película -quizá, ay, se trataba de eso-. Con frecuencia me sentí tentado de abandonar el libro tras la enésima y farragosa explicación de organizaciones y sistemas tecnológicos, y me vino a la memoria aquello que escuché decir a un niño al que su despistada madre había llevado a ver el "Hulk" de Ang Lee en el cine, cuando tras soportar una hora de no desdeñable indagación paterno-filial la pobre criatura preguntó en voz alta -y todos nos reímos-: "el hombre verde, ¿cuándo sale?". Así ha ocurrido en este caso. ¿Dónde está Salander, qué ha sido de su vida, qué piensa, qué siente, cómo va su relación con el mundo y, siendo más precisos, con Mikael? Este último, por cierto, se ve sometido a una mera reiteración de situaciones ya vividas en otros libros -el declive profesional- y apenas cobra vida, como una mera sombra de lo que fue en la trilogía. Y ella, la verdadera causa por la que muchos quisimos seguir leyendo, acaba convertida en una especie de Batgirl sin historia personal, uns figura oscura que aparece heróicamente y a la que, como "gran" novedad, se le aparece un supervillano (evito el spoiler). Falta alma, y sobra un argumento de cine de acción mil veces visto ya en la pantalla (las extraordinarias capacidades de un niño autista que tiene la clave de todo) y que concluye tan previsible como ha ido desenvolviéndose. Los libros anteriore dejaron marcadas a fuego en la memoria algunas escenas descarnadas, frenéticas o inquietantes. En este caso el agotado lector llega a desear que un virus mande todo el sistema informático al carajo y los personajes empiecen a relacionarse como seres vivos. Acabar el libro se hace un suplicio, y la sensación final es simplemente frustrante. Nada que objetar en cuanto al estilo o la estructura, de los que Larsson tampoco era un maestro. Pero sí que lamentamos que el autor no se haya dado cuenta de que se trataba, antes de ponerse manos a la obra, de reflexionar acerca del legado con el que iba a trabajar, analizar sus presupuestos, comprender los porqués de su magnitud.

El propósito era legítimo, en definitiva. Pero la ejecución deja mucho que desear. Nada de ello, pese a lo que sigan opinando los defensores de no se sabe qué esencias, impide que pueda haber un nuevo intento. Lisbeth Salander debe vivir. 

 



Iris Apfel. Para qué vivir sin belleza.


La llegada de Netiflix a España, territorio pirata donde cualquier iniciativa cultural que conlleve la remuneración de los autores parece un chiste, está permiténdonos acceder a pequeñas perlas que era muy difícil encontrar hasta el momento. Entre ellas este documental sobre la maravillosa Iris Apfel. Podemos calificarla como icono de la moda, pero nos quedaríamos cortos. Sería mejor decir de la vida, de cómo afrontarla en cada momento con la ilusión de la infancia, cómo llenarla de color, pequeños proyectos y una mirada hambrienta que hace de la cotidianidad una aventura. "Iris", en cuanto filmación, se muestra deslavazada y simple, pero acaso el personaje no requería otra cosa que una cámara devotamente entragada a la tarea de registrar sus pasos lentos: la vemos curiosear por tiendas de alto nivel y mercadillos, escoger la pieza más inverosímil e incorporarla a su imagen con un atino sorprendente que da fe de su creatividad, y sobre todo perorar acerca de su relación con la moda con la naturalidad de quien se resiste a reconocerse brillante. El documental es también una historia de amor, la de la pareja entrañable que forma con su marido y la de ambos con el mundo. Viéndolo uno no sólo aprende a apreciar la importancia de los abalarios de tonos chillones, sino lo que de por sí reflejan acerca del mérito de nadar contra corriente, de aceptarse y pisar firme cada vez que se sale a la calle, pese a la frecuente incomprensión de la mirada ajena. Defensora de las viejas artesanías y la imaginación perdida en un universo cada vez más previsible, donde hasta las transgresiones se encuentran previamente establecidas y programadas, Iris Apfel representa a nuestros ojos lo mejor de una cultura que, como las fotografías antiguas de las venerables publicaciones de moda, amarillea sin dejar de resplandecer.




jueves, 6 de agosto de 2015

"Ve y pon un centinela", de Harper Lee. La conciencia como guía lectora.

Decir que se trataba este de un libro muy esperado es algo más que un tópico y requiere de algunos matices. Se aguardaba su publicación, sí, pero únicamente para impugnarla, con el colmillo bien afilado y el argumentario habitual en perfecto estado de uso. Bastaba ver los profusos reportajes que anunciaron su existencia acompañándola de "rigurosas" especulaciones acerca del estado mental de la autora y su capacidad o incapacidad de autorizar la publicación. Ni siquiera se reproducía el viejo debate sobre la medida en que debiera respetarse la voluntad de los escritores (el "quémalo todo" de Kafka a Max Brod) y el eventual "derecho" que como público tendríamos a acceder a la obra inédita; no, se daba por hecho que nos encontrábamos ante una mera operación comercial al amparo del desvalimiento de Harper Lee, anciana enferma e internada en una residencia. Difícil, por tanto, se presentaba la tarea lectora para quien mínimamente hubiese recibido información sobre el libro, como si los medios periodísticos hubiesen apostado un centinela entre sus páginas para recordarnos en todo momento el supuesto artificio.
 
De ahí el notable valor de esta novela, que a medida que avanza se abre paso sobre la hojarasca de un contexto, el de 2015, que no le pertenece. Y es que nos encontramos ante el resultado creativo paradójicamente más auténtico de una autora importante, su primer impulso literario, en el que se revela un trasfondo ético de indudable arraigo en lo más subjetivo. Es Harper Lee quien aparece en el libro, sola ante su vocación literaria, mientras que en "Matar a un ruiseñor" lo hace llevada de la mano de la industria editorial. Llevada con éxito, evidentemente, hasta la creación de un mito, lo cual no sólo no descalifica esta nueva obra, sino que la convierte en un complemento indispensable de la anterior.
 
Hemos de aclarar que "Ve y pon un centinela" se escribió antes que "Matar a un ruiseñor", pero no acabó de convencer a los editores, que sin embargo se sintieron atraídos por la historia que en aquélla se mencionaba acerca de un caso en el que Atticus había defendido a un negro acusado de violación. Le pidieron, pues, a Lee que desarrollase esa idea, lo que finalmente hizo con la repercusión que conocemos. Pero no debemos olvidar, por tanto, que su idea inicial era hablar del mundo en el que había crecido a través de la perspectiva de una mujer indudablemente avanzada para su tiempo, trasunto de la autora, que al regresar al lugar de su infancia se enfrentaba no sólo a los recuerdos, sino a la realidad de un universo áspero, cerrado, engañoso en su aparente bonhomía y amabilidad, intolerante e invasivo hasta la asfixia. Ese era, insistimos, el impulso creativo que hizo nacer a la novelista, y no el de la construcción mitológica del hombre de leyes justo, inteligente y bondadoso que acabaría por definir su obra.
 
Adentrarse, por tanto, en "Ve y pon un centinela" requiere, por seguir el lema del libro, que cada cual se deje guiar por su propia conciencia y trate de obviar el ruido que lo rodea. Lo que se puede encontrar de este modo es una novela valiente, de estilo ligero pero trasfondo denso, escrita con un tono nada pretencioso y ajustado a la personalidad de su protagonista, una joven en plena transición a la madurez que ve cómo el puñado de verdades que había recibido en su educación se caen de golpe y la dejan en un desamparo moral doloroso. El relato avanza lento y amable, a la manera en que la vida transcurre en la localidad de Maycomb, entre memorias infantiles y encuentros familiares o amistosos, todo ello a través de la mirada inteligente e irónica de una neoyorquina que aterriza en aquel territorio del pasado como procedente de otro siglo. Y aunque en no pocas escenas podemos advertir ya un sonido extraño de fondo, como un rechinar de puertas que nos indicase que nos en tan habitable la vivienda, las cosas se precipitan cuando es testigo de una reunión del Ku Klux Klan a la que asiste  Atticus. A partir de entonces se produce una quiebra no sólo en la visión del personaje, sino en el propio relato, que se ve cubierto de un tono sombrío culminado con maestría en una de las conversaciones más memorables que uno recuerda en letra impresa, aquella donde padre e hija contraponen sus posturas de una manera tan correcta como descarnada, y que no sólo está resuelta con maestría, sino que se proyecta más allá de la novela para, muchos años después, interpelar al lector contemporáneo. Discrepamos, por tanto, de quienes sorprendentemente han señalado que el libro desfallece al final -como si de alguna manera hubiesen encontrado la excusa argumentativa para ratificar su prejuicio-; bien al contrario, alza el vuelo y se convierte en una reflexión artística acerca de un problema eterno: el miedo a los otros -que no es otra cosa que miedo a la diversidad misma-, traducido en la intolerancia con que  se cierran filas en torno a supuestos valores y se les veda el acceso a nuestro mundo cercado.
 
Las ideas que Atticus expone nos resultan desgraciadamente familiares: partidario de una sociedad 'libre' y sin embargo fuertemente estructurada -la mezquindad de esa contradicción es lo que la vuelve impracticable: se rechaza la intervención estatal... salvo en defensa de una serie de reglas morales que a cierto sector de población interesan-, respeta y apoya que los negros organicen su vida como quieran pero siempre y cuando no lleguen a inmiscuirse en el devenir social, y ello con el argumento de que se trata de un pueblo poco desarrollado, primario e imprevisible, en definitiva. Pero sobre todo mayoritario, de ahí su peligro. ¿Te imaginas que nos gobernasen?, le pregunta a su hija. De este modo, él nunca estaría de acuerdo con el fuego y los linchamientos, pero tampoco deja de apoyar a quienes los promueven pretextando que es el único modo de conservar el orden. La exclusión se hace así necesaria, y la violencia, en último término, puede calificarse como mero exceso de una postura moralmente correcta.
 
Más allá de los términos del debate, lo que esta buena novela nos muestra es el dolor de descubrir que había una parte importante de la realidad que se le había hurtado a la protagonista a lo largo de su infancia. Que aquellos buenos recuerdos, aquel sistema armonizado en aras de la felicidad, estaban  protegidos por un muro que los aislaba del espanto. La rebelde y juguetona scout se vuelve adulta de golpe, y aunque el final del libro huye de excesivos aspavientos, nos deja un rastro inequívoco de pesadumbre. Por eso y por todo podemos situarlo a la altura de "Matar..." como su perfecto complementario. Sólo así apreciaremos cuánto había de verdad en "Ve y pon...", y de genial, perfecto artificio en el otro. Para siempre nos quedaremos con la figura memorable de Atticus Finch como encarnación de los mejores valores de una profesión, la abogacía, que mal que nos pese escenifica uno de los mayores logros del ser humano: la justicia reglada; pero también aceptaremos que aquel héroe no puede ya entenderse sin esta oscura y sorprendente indagación en sus motivaciones. De ahí que carezca de sentido la acusación que asimismo se formula contra la autora acerca de la destrucción de un patrimonio simbólico que ya no le pertenecía, había pasado a manos del público lector y espectador de la brillante adaptación cinematográfica de la primera (en realidad segunda) novela. Atticus Finch, ahora lo sabemos, es el caballero que rechaza la arbitrariedad y se pone del lado de la ley; pero también el que precisa que esa ley lo proteja frente a la incertidumbre. "Matar a un ruiseñor" era el relato apacible de un noble defensor de los negros desde una inequívoca posición de supremacía; "Ve y pon un centinela", el de una mujer que levanta el velo de una sociedad maniquea, y que visto desde el siglo veinte adquiere un valor añadido: encendemos la televisión, o entramos en la red, y vemos cómo prosiguen los abusos raciales, y la violencia contra las mujeres, quizá más virulenta que nunca. Y nos damos cuenta de que frente a ello no necesitamos de brillantes defensores del caso concreto dentro del sistema; sino de figuras valientes que vayan a la raíz del problema. Puede que entonces nos sorprendamos al entender que el verdadero tótem heroico de estas novelas era la pequeña Scout.
 
Recomendamos, pues, que los lectores/as acudan al libro desprovistos de prejuicios, guiados por el centinela de su propia conciencia, y que disfruten del reencuentro con una autora que se revela ahora aún más importante de lo que nos parecía. Tal vez deberíamos preguntarnos por qué dejó de escribir tras el éxito de aquella novela generadora de un mito capaz de devorarla; y si ahora, en vez de ser "utilizada", no se estará riendo en alguna parte por haber podido, al fin, hacernos llegar su palabra.
 

Que no se diga que no es verano. La Roux live at Glastonbury 2015

Por aquello de que el verano, aunque sea insoportablemente caluroso como el presente, invita al optimismo, qué mejor manera que llevarlo que con Elly Jackson. Después de decenios de generalizada renegación del Bowie frívolo y comercial de Let's Dance, llega ella y nos dice que estaba genial. Aquí lo vemos redivivo, en la presentación de un Trouble in Paradise que fue de lo mejor de 2014. Que os lo tengo dicho y no acabáis de creerme: el pop salvará al mundo.