viernes, 22 de abril de 2016

En la muerte de Prince. Mi mayor agradecimiento, querido amigo.

Me despierto hoy escuchándote, y aún más compungido que me acosté. En el largo túnel de mi primera juventud me permitiste vivir en un mundo imaginativo, colorista, estimulante y lleno de creatividad. La búsqueda de vinilos y casetes de importación, en la tarea imposible de completar tu discografía, me ayudó a vivir en unos márgenes estrechos y grises, feliz cuando me alejaba del mundo real y transitaba por Paisley Park. Recuerdo el famoso concierto de Dortmund a finales de los ochenta, que grabé en su retransmisión radiofónica y me sabía de memoria... O el apuro que pasé al comprar el 'Lovesexy', en LP, en la única tienda de discos del lugar donde vivía, con aquella portada apabullante... O la fascinación por las chicas tremendas de las que te rodeabas: Apolonia, Sheila E., Wendy & Lisa...  Necesita uno hacerse mayor para comprender que, más allá de la admiración estética, los artistas de tu talla habéis sido compañeros reales en la vida. Como en una siniestra premonición, llevaba varias semanas volviendo a escucharte de manera obsesiva, y descubriendo todo aquello que me había perdido en los últimos tiempos. Por fortuna tu obra es tan grande y generosa que en lo que queda por vivir no habrá ocasión de aburrirse. Mi mayor agradecimiento, querido amigo.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Fin de año con cuatro canciones.

Una pequeña despedida musical, procedente de la cosecha de 2015, con la que transmitir mis mejores
deseos para el año que viene a todo aquel o aquella que tenga a bien pasarse por aquí:


Janet Jackson, The great Forever. No hay vídeo, pero merece la pena mencionarla. Pone los pelos de punta lo mucho que nos recuerda su voz a la de... él. Procedente de un álbum más que digno, Unbreakable, supuso el regreso de Janet tras muchos años de ausencia. 



The Chemichal Brothers, Go. Hay vídeo, pero casi mejor que no lo pongo, porque se les ha ido la pinza bastante. El tema es tan bueno que hasta los cuarentones (así, en general, ejem) lo ponen en Spotify cuando bajan a la cancha a tirarse unas canastas. 



Duran Duran, Paper Gods. El tema que da título al álbum es una de esas piezas extrañas en su discografía que para los duranistas o duranófilos proporciona argumentos con los que demostrar que son mucho más que hacedores de himnos pop. 





 Y por último, y aquí sí que hay vídeo, Carly Rae Jepsen, que ha tenido el mérito de sobrevivir a Call me Maybe con un notable album pop, Emotion, de ecos ochenteros. Merece la pena ver estos cuatro minutos de invitación al viaje por todas las ciudades que uno más añora. Una pequeña dosis de optimismo para empezar el año. Salud, amor y prosperidad para todos/as (por supuesto, animales y humanos).



miércoles, 30 de diciembre de 2015

Daredevil (Netflix): la desolación del héroe.



Una de las series del año, y de las mejores aproximaciones a la mitología contemporánea de los superhéroes que se han hecho hasta el momento. El formato Netflix la beneficia, en el sentido de que puede entenderse como una larga película en la que cada capítulo es un episodio más al servicio de la narración, y sin que sea preciso concluirlos obligando a sostener el aliento. Pero a ello acompaña una escenografía noir que procede directamente de los mejores cómics que se han publicado sobre el personaje en las ultimas décadas, un guión que nos introduce directamente en la trama y complementa la historia a través de flashbacks, unas interpretaciones memorables, la música, los guiños frikis... Horas y horas de digno entretenimiento que viene a reivindicar una de las más brillantes creaciones marvel: el abogado ciego, pero dotado de otras capacidades que lo convierten en un héroe, y cuyo concreto afán por la justicia consituye acaso el matiz diferenciador que lo ha hecho, desde que pasó por las manos de Frank Miller, el personaje más adulto de la imaginería marveliana. De este modo el argumento aparta el foco del habitual antagonismo entre el bueno y el malo, ambos seres especiales en un entorno que no pasa de decorado, para abordar otros aspectos como la corrupción y la violencia sistematizada en determinados entornos donde la vida no vale nada, hasta el punto de que aspectos tan escabrosos como el tráfico de mujeres y niños es uno de los que debe afrontar el héroe, culminando por cierto en una escena de pelea sucia, dolorosa, que ha merecido el halago unánime de cualquier aficionado al cine: un plano secuencia de tres minutos en los que el protagonista, malherido, tira de coraje para deshacerse de los matones.




Y es que tuvo que ser Frank Miller, al igual que hizo con Batman, quien recuperase al personaje para la narrativa superheroica en el inovidable tomo "Man without fear" del que la serie es orgullosa deudora: ahí esta su inicial uniforme amateur, más un chándal que otra cosa, su aspereza argumental, la sequedad de la violencia y, sobre todo, la determinación de un Matt Murdock que asume sus capacidades como responsabilidad y destino de una manera obsesiva. Es cierto que en los últimos tiempos el luchador atormentado se ha convertido ya en un tópico, pero en en este caso la angustia del personaje no procede tanto de oscuros episodios de su infancia, que los hay, cuanto de la abrumadora tarea que se ha propuesto, y en la que intervienen elementos de la realidad que poco tiene que ver con la habilidad de dar saltos y atizar buenos golpes: la manipulación mediática, los poderes financieros, la cobardía e indiferencia generalizadas... En no pocas ocasiones vemos a Daredevil, antes de que su nombre se pronuncie por vez primera en el útimo episodio, fracasado, roto e impotente, pero aun así empecinado. Por fortuna la serie huye también de la sobredosis de acción, y muchos de los episodios transcurren como lo harían en una historia de cine negro o intriga judicial. Si algo podrían reprocharle los aficionados al "Diablo de la Cocina del Infierno", de hecho, es su excesiva fragilidad, pues hasta los rivales de trámite requerien de gran esfuerzo. Se trata, en definitiva, de un ser humano que intenta reparar un mal que seguramente excede de sus posibilidades. Y no podemos evitar pensar en lo aterradora que sería la situación en la que nuestra vida apacible dependiese precisamente de actitudes heroicas a cargo de unos pocos, quiza en ese sentido debamos entender estas narraciones como una llamada de atención. Si miramos hacia otro lado, y dejamos que el mal avance, sólo nos quedará Daredevil. Y Daredevil es una ficción.



Como toda gran obra cinematográfica, no podría entenderse sin sus secundarios. Especialmente un Vincent D'Onofrio gigantesco -en todos los sentidos de la palabra-, que compone un Wilson Fisk shakesperiano, agitado por un subterráneo sentimiento de culpa y una permanente voluntad de librarse de ella justificando sus actuaciones a través de una especie de misión sagrada en aras del desarrollo de la ciudad. Uno de los episodios de esta primera temporada se centra exclusivamente en su figura, para presentarlo como un niño sometido a malos tratos y un adulto implacable, que se cree víctima antes que victimario. Magistral es el cierre de la serie, que conecta con la presentación de Fisk, en ambos casos ante la soledad que para él simboliza una pared blanca.



Pero también está Foggy Nelson, protagonista de otro capítulo magistral, aquel en el que descubre que la larga amistad con Matt estaba llena de lagunas, y el dolor que ello le produce aparece muy bien reflejado a la expresividad del actor, Elden Henson.






Y por último, Karen, un personaje tan rico en el cómic que se ha quedado corto en esta primera temporada, aunque algunas cosas ya se apuntan, pues lejos de presentarse con el habitual rol limitado de las mujeres en este tipo de ficciones, aparece dueña de enigmas y violentada por el mismo afán de justicia que sus compañeros. Ya veremos. Eso sí, queremos que haya rollo en la segunda temporada...




En conclusión, tenemos que agradecer la entrada de Netflix en nuestro país aunque sólo sea por esta estupenda serie, de la que ya esperamos una segunda temporada con impaciencia. Hasta entonces iremos abriendo boca con Jessica Jones, que también está mereciendo halagos, y recuperando los cómics de un justiciero en el más estricto sentido de la palabra: aquel que se refiere a quien observa y hace observar estrictamente la justicia. Y acaso, de vez en cuando, fantaseemos con que en el mundo real algo así sea posible.


lunes, 16 de noviembre de 2015

"Y Dydd Olaf", de Gwenno. El disco pop del año: feminismo, ciencia ficción y melodías maquinales.

¿Puede un artista aspirar a ser global desde una posición orgullosamente minoritaria? Aquí está la prueba de que la respuesta es afirmativa. "Y Dydd Olaf" está escrito en una lengua de uso reducido, el gaélico, lo que la hace en principio incomprensible para la mayor parte de sus destinatarios. Y sin embargo ha compuesto un álbum de excelentes canciones pop, kraut-pop para ser exactos, con un trazado claro de melodías sobre ritmos y ambientes electrónicos, coronado todo ello por la voz dulce que ya conocíamos de manifestaciones más estandarizadas, aunque indudablemente encantadoras, como The Pipettes.
 
Basado en una novela de ciencia ficción de los años setenta, "Y Dydd Olaf" presenta temas de índole social en un envoltorio contemporáneo y universal. Es muy respetable el esfuerzo por mantener las tradiciones que realizan algunos artistas que se expresan en lenguas minoritarias, pero aún más admirable me parece el propósito de combinar el legado idiomático local con un lenguaje musical tan de hoy y de siempre como el pop. Inevitable recordar la extraordinaria obra de Mus, mis paisanos asturianos, cuyos discos me siguen acompañando obsesivamente, aunque en su caso la música se decantaba por los ambientes delicados y reflexivos de una suerte de new age en el sentido más respetable del término.
 
Gwenno invita al baile, pero también nos llama la atención sobre la vigencia de un idioma que, macerado en la modernidad de los teclados y ordenadores, se muestra vívido y moldeable.
 
Y, en cualquier caso, el hecho de haber titulado uno de sus singles como "Patriarcado", ya hace de por sí que el disco merezca la pena.


Este es "Chwyldro", primer adelanto del álbum.







 
Y aquí está 'Patriarchaeth',  en un concierto que ha dado hace no mucho, embarazadísima, por cierto.





Acabamos con 'Calon Peiriant':






¿Conocéis alguna academia de gáelico?

domingo, 15 de noviembre de 2015

Apuntes sobre los usos y maneras del mercado editorial español. A propósito de “List of the Lost” (Morrissey).


Comencemos por recordar, para los no iniciados, que el cantante Morrissey ha publicado recientemente una novela corta, “List of the lost”, en el sello editorial Penguin, donde previamente había aparecido su “Autobiografía”, recibida con parabienes de público y lectores.

Morrissey es un excelente autor de canciones y una figura irrepetible en el panorama artístico. Me cuento entre los que, después de haberlo idolatrado en la típica juventud aliviada por la lírica del angst que caracterizaba los discos de los Smiths, continuó siguiendo su trayectoria en solitario, donde alcanzó cotas asimilables a las precedentes en títulos como “Viva Hate”, “Kill Uncle” (sí, que los odiadores me perdonen), “Southpaw Grammar” o “Vauxhall and I”. Su carácter irreductible, sarcástico hasta niveles incompatibles con la salud de sus detractores, al que acompaña un ego que no cabe en todos los recintos que continúa llenando en unas giras cada vez más globales, lo han ido convirtiendo en un personaje incómodo hasta para quienes lo admiramos. Por así decirlo, ha envejecido mal. Muchas de sus declaraciones, rabietas e intolerancias reflejan un carácter extremadamente quisquilloso que nos divierte tanto como nos saca de quicio. Pero lo cierto es que, disco tras disco, incluso el último y desaparecido –por su enésima riña con una casa discográfica- “World Peace is none of your business”, continúa ofreciéndonos perlas que amplían y consolidan su repertorio como uno de los más notables de la música popular de todos los tiempos.

Sirva este contexto para calificarlo como una figura polémica, de tal forma que no podemos extrañarnos si la recepción mediática de alguna de sus manifestaciones o de sus trabajos presenta un aire de vendetta a cargo de quienes llevan años esperando que su apoyo popular –aun en el nivel “de culto”- se resquebraje para ajustar cuentas. Esto no ocurrió con motivo de la publicación de “Autobiografía”, aunque la ocasión parecía propicia: si bien las discrepancias en torno a la calidad de sus discos son perfectamente admisibles y apenas resultan relevantes –ese es su negocio, por así decirlo-, el hecho de aventurarse en otro lenguaje y otro sector cultural, como el literario, propiciaba que las valoraciones críticas encontrasen mucho mayor margen para desenvolverse sin el condicionante del peso específico del autor. Aquel primer libro, sin embargo, fue excelentemente bien recibido. Los reproches que en modesta medida se le hicieron respondían más bien a su particular carácter y obsesiones, pero en general se aplaudió su buena prosa y, sobre todo en el primer tercio del libro, su capacidad para reflejar la Manchester neblinosa y desesperanzada de los años sesenta.

Animado sin duda por el éxito de la obra, el bueno de Mozz se lanzó a la novela, cosa muy distinta y frecuentemente muy mal entendida. Daría para muchas páginas de especulación más o menos útil, así que dejémoslo en un solo –pero muy determinante- rasgo que diferencia la ficción de la realidad literaria: para abordar aquélla, en especial cuando se trata de hacerlo a través de una visión intimista –y no del típico espectáculo de tramas superficiales-, se hace precisa una mínima capacidad de empatía, el autor necesita salir de sí mismo y entender a los otros, ponerse en su lugar y dotarlos de vida. Antes de que tuviese noticia de la publicación, uno ya dudaba de que Morrissey fuese capaz de eso. El carácter egocéntrico ha sido el motor de grandes logros en la historia de la humanidad, pero seguramente resulta incompatible, como decimos, con la empatía necesaria para adentrarse con sentido y sensibilidad en las vidas ajenas. Por otro lado, las propias letras de las canciones, sobre todo en los últimos tiempos, han reflejado en no pocas ocasiones un balanceo inquietante entre lo sublime y lo ridículo, situación que carece de importancia cuando van arropadas por una buena melodía.

No ocurre así en la novela, donde no hay otra música salvo la de la palabra, y en el caso de “List of the lost” todo apunta a que nos encontramos con una desafinación alarmante. No la he leído, y mucho me temo que mi nivel de inglés tampoco lo permitiría, máxime si tenemos en cuenta que para los propios anglosajones resulta complemente ilegible. Las críticas han sido unánimes: se trata de un verdadero espanto. Cuando hablamos de críticas nos referimos a las de los grandes medios de comunicación ingleses, pero también a las de otros alternativos –webs y blogs- donde no es difícil encontrar intentos heroicos de admiradores por suavizar el juicio que acaban perdiéndose a medida que avanzan los párrafos y terminan reconociendo que es lo peor que han leído nunca.

Todo esto, no obstante, presenta un interés mucho mayor para el lector español que el de desaconsejar acercarse al libro. Me refiero a las herramientas con las que muchos de esos críticos y reseñistas lo han analizado, sorprendentemente eficaces y rigurosas, esto es, propiamente literarias. Hacía mucho tiempo que uno no se encontraba con un desmenuzamiento semejante del lenguaje y la sintaxis, del argumento o la capacidad para poner personajes en pie, de la verosimilitud de las escenas o los diálogos… De esta forma gran parte de las opiniones resultan hirientes al desnudar con aparente ensañamiento aspectos tales como la pedantería de la prosa, lo delirante de la historia, la previsible incapacidad del autor para construir caracteres diferenciados de sí mismo, etc., etc. Algunos de los párrafos de la novela han acabado circulando por la red como ejemplos patéticos de una escritura tan vacua como llena de ínfulas, y aún más dolorosa acaba siendo la actitud, seguramente sincera, de quienes lamentan que nadie de su entorno hubiese aconsejado a Morrissey que abandonase el proyecto. La conclusión que uno saca es la de que nos encontramos ante un pésimo escritor, al menos de ficción, que ha recibido un merecido escarmiento por la arrogancia con la que se ha atrevido a probar otras expresiones artísticas tras haber obtenido éxito en la suya.

Lo que nos lleva a comparar esta situación con el panorama editorial, literario, cultural o como queremos llamarlo en nuestro país. Quizá el mejor de los calificativos sería el de “político”, pues constituye en remedo fiel de las peores prácticas, a cargo de los gestores públicos y en connivencia con operadores privados, que nos han conducido al agujero; lo que podríamos resumir con la expresión “capitalismo de amiguetes” que comienza a popularizarse afortunadamente entre nosotros, ya que describe con acierto un sistema en el que principios como el mérito y el esfuerzo han sido pisoteados con jolgorio en favor de la corrupción generalizada. En el caso de lo “literario” ahí están los premios, especialmente los públicos, ciscándose en el Código Penal, pero hay muchas otras prácticas igualmente rechazables que pasan mucho más desapercibidas y que harían imposible que en España ocurriese algo como lo que pasado con “List of the lost”.

En efecto, invito a cualquier lector/a a que se acerque a las mesas de novedades de las librerías y trate de encontrar novelas no escritas por presentadores de televisión, comentaristas, tertulianos, tronistas, monologuistas, cantantes famosos, modelos, cocineros, políticos (sí, hasta aquí han llegado), diseñadores de lo que sea, actores, deportistas y, en general, cualquiera que pueda ser reconocido como “famoso” sin importar demasiado el motivo. ¿Están en su derecho de hacerlo? Por supuesto que sí. Lo que es una completa anomalía en nuestro país es que sus “creaciones” se vean beneficiadas no ya por los lugares más privilegiados en escaparates, estanterías, programas de radio y televisión y reseñitas en toda clase de periódicos y revistas, sino por una bula crítica tan escandalosa como incomprensible.

En efecto, cuando se trata de promocionar una novela de semejante pelaje, veremos cómo se la recibe con una alfombra roja producto de un doble efecto:
-El elitista y descerebrado desdén con el que los medios "culturetas" obvian la aparición de tales libros, como si, dando por descontado que carecen de una mínima calidad, ni se molestasen en ensuciarse las manos para abrirlos y echarles aunque sea un vistazo. "Este no es mi departamento", parece decir. Con lo cual todos esos productos impresos cuentan con la grantía del silencio de aquellos medios dotados, en principio, de mayor capacidad y herramientas críticas. Se puede dar la paradoja, así, de que una novela, ensayo o poemario de un autor "literario", cuyo horizonte de supervivencia y repercusión cultural dependa de la buena recepción que consiga en tales medios minoritarios, vea completamente truncada su trayectoria por una mala reseña. Sin embargo, el "esperado debut en la ficción" de un presentador de chascarrillos televisivos nunca será sometido a la evaluación crítica de los prescriptores más especializados. De ahí que califique ese desdén no sólo como elitista, sino como profundamente descerebrado: creyendo que con ese gesto de sacudirse el polvo del hojal dejas claro que aquel libro nada tiene que ver con la literatur, le abres por completo el camino mientras cierras aquel otro que sí merece tu consideración. 
-Pero el segundo paso, y sin duda el más relevante para el efecto final, es el de los grandes medios de comunicación, ya sean de papel o digitales, radiofónicos o televisivos, y ya se manifiesten en reportajes ad hoc, recomendaciones en páginas misceláneas -como esas de regalos para navidad, el día del padre o de la madre o San Valentín- o incluso como reseñas en suplementos culturales. Pues bien, en este caso nos encontramos con una entrevista, una breve sinopsis, o incluso una crítica a cargo de alguien previamente elegido para que dócilmente y con cuatro frases genéricas selle el pasaporte literario del "famoso". 

Entre unos y otros, ancha es Castilla. Una vez más, nuestro heroico mundo editorial puesto a los pies del dinero fácil e inmediato. Y todos los operadores que en él se manejan, incluso los independientes que nada tienen que ganar o perder, haciendo de corifeos perfectos para que todo llegue a buen puerto. Así es que muchos autores de los que podríamos calificar como "literarios" y cuyas obras aparecen en sellos como Tusquets, Anagrama o similares -por citar los de mayor peso- se ven desplazados en el disputado espacio de las mesas y estanterías -físicas o digitales- por el presentador de la tertulia del corazón, la periodista de variedades matinales o el actor monologuista. Si a ello le añadimos que podemos ver a muchos de esos corifeos a que hago referencia clamando contra el capitalismo en artículos, manifestaciones y entrevistas, el cuadro grotesco termina por completarse. Claro que quizá el capitalismo que abominan es aquel fundamentado en los principios de mérito y esfuerzo, y que acompañado de una adecuada regulación por unos poderes públicos lo suficientemente vigilados para ser eficaces e independientes, puede conducir a resultados más o menos cercanos a la realidad de las capacidades de cada cual. No, el capitalismo contra el que no claman, y en el que se sienten agusto, es el de amiguetes: yo me callo para que tal editorial tenga éxito con esto, que mejor llevarnos bien, y así a mí me pude caer algo. Favor por favor. 

¿Sería posible lo que ha sucedido con "List of the lost" en España? ¿Podría la incursión novelesca de un personaje público, de bien ganada importancia en otras facetas, aparecer en un gran sello editorial y ser sometido a enjuiciamiento crítico propiamente dicho? ¿Nos imaginamos una de esas novelas que ahora mismo pueblan nuestros escaparates desmenuzada con arreglo a los recursos del análisis literarios, y con sus carencias expuestas detalladamente? Y conste que con ello no presumo que en todo caso se tratase de malos libro. Lo único que constato es que, al igual que ocurre con los licitadores amigos del concejal de turno, o el sobrino opositor del gerifalte del partido, nunca jamás se verán en la molesta tesitura de exponer sus verdaderos méritos. Eso queda para la masa sumisa que asiente y paga.

Una lectura libre de prejuicios de "Lo que no te mata te hace más fuerte" (Millennium 4), de David Lagercrantz.

Las armas estaban cargadas. Antes de que saliese a la venta el libro ya se habían escrito unos cuantos artículos de opinión sobre el manido asunto de la última o real voluntad de los escritores fallecidos (Kafka/Max Brod, etc.), y no pocos opinadores habían comenzado a crucificarlo. Entre ellos un conocido novelista por la gracia de dios (ahí tenéis una pista) que mencionaba con inequívoca repugnancia que el tal Lagercrantz era nada menos que autor de la biografía de un futbolista (¡anatema!). Vaya por delante que, en mi modesta opinión, nada hay de reprochable en el hecho de que determinados personajes que han sobrevivido a su propio autor hasta el punto de independizarse y formar parte de la cultura popular sean revividos en nuevas ficciones. Así ha ocurrido con grandes mitos de la literatura de género, desde vampiros a detectives, y no cabe duda de que la triología de Larsson puede encuadrarse en ese ámbito por obra y gracia de la memorable Lisbeth Salander. Es oportuno recordar aquel artículo de Vargas Llosa significativamente titulado "Lisbeth Salander debe vivir", y que culminaba de una manera tan certera como hermosa: "¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!". 

Sentado esto, y al menos para los que no sólo no estábamos en contra del proyecto, sino que lo esperábamos con ilusión, ¿quiénes éramos para prejuzgar la calidad del autor elegido?, ¿habría pasado el propio Larsson, cuando era un periodista desconocido fuera de su país, semejante examen? A lo que debemos añadir que David Lagercrantz contaba con notable prestigio precisamente a raíz de lo que el elefante literario aquel despreciaba: el vuelo que había conseguido infundir al relato de la vida de uno de los deportistas suecos más queridos en su país, Zlatan Ibrahimović, como una de esas historias de superación que partía de unos orígenes harto difíciles hasta llegar a la gloria europea. 

Para completar la sensación de que publicar el libro era un acto vergonzoso y, en consecuencia, vergonzante, las entrevistas a los editores españoles se centraban en el porqué de la decisión de continuar la saga, en si partía o no de unas cuartillas de Larsson -como si eso fuese realmente determinante- y en si los lectores estarían satisfechos con el resultado. Las respuestas resultaban tan temblorosas como tajantes parecía la certeza que se nos quería transmitir: la novela iba a ser un churro que en absoluto respetaría la calidad y el criterio del autor original (y esto sugerido por quienes denunciaban antaño su escasa entidad literia, en fin).

Con este panorama, uno se veía tentado de coger el libro con más motivos para estar a favor de su existencia que en contra, y con ganas de que quienes habían difundido toda clase de prejuicios, que no opiniones, estuviesen equivocados. Lamentablemente, no ha sido así. Me atrevería a decir que la obra falla en algo que debería haber sido su presupuesto: el respeto, no al estilo o las manera de enhebrar tramas y levantar estructuras, sino al espíritu que se hacía evidente en la trilogía. Larsson había sido un excelente lector de novela negra, policiaca y política, y sus libros eran una singular mixtura de las tres caracterizada sobre todo por la profundidad emocional de sus personajes principales: el investigador periodístico insobornable, respetuoso hasta el extremo con los principios de su profesión, y la hacker asocial, de rasgos psicopáticos, asimismo comprometida e intolerante frente a las injusticias. Esa especie de impulso ético, nacido de una biografía abundante en maltratos, ya fuese vividos o estudiados, creaba una afinidad entre ambos que se convertía en el verdadero motivo de las novelas, más allá de las historias que desarrollaban. El lector devoraba las páginas arrastrado por esa misma necesidad de reparar el daño, de sobrevivir al puñetazo de los poderosos y, una vez recuperados, devolvérselo con aún mayor fuerza. Ahí estaba el espíritu de Salander, y el de Larsson.

David Lagercantz, sin embargo, ha constuido un thiller policiaco de espionaje informático sobrecargado de información perfectamente prescinsible, sobre todo en el mundo en que vivimos, con un narrador omnisciente que salta de una mente a otra, aun episódicamente, como si describiese con detalle las escenas de una película -quizá, ay, se trataba de eso-. Con frecuencia me sentí tentado de abandonar el libro tras la enésima y farragosa explicación de organizaciones y sistemas tecnológicos, y me vino a la memoria aquello que escuché decir a un niño al que su despistada madre había llevado a ver el "Hulk" de Ang Lee en el cine, cuando tras soportar una hora de no desdeñable indagación paterno-filial la pobre criatura preguntó en voz alta -y todos nos reímos-: "el hombre verde, ¿cuándo sale?". Así ha ocurrido en este caso. ¿Dónde está Salander, qué ha sido de su vida, qué piensa, qué siente, cómo va su relación con el mundo y, siendo más precisos, con Mikael? Este último, por cierto, se ve sometido a una mera reiteración de situaciones ya vividas en otros libros -el declive profesional- y apenas cobra vida, como una mera sombra de lo que fue en la trilogía. Y ella, la verdadera causa por la que muchos quisimos seguir leyendo, acaba convertida en una especie de Batgirl sin historia personal, uns figura oscura que aparece heróicamente y a la que, como "gran" novedad, se le aparece un supervillano (evito el spoiler). Falta alma, y sobra un argumento de cine de acción mil veces visto ya en la pantalla (las extraordinarias capacidades de un niño autista que tiene la clave de todo) y que concluye tan previsible como ha ido desenvolviéndose. Los libros anteriore dejaron marcadas a fuego en la memoria algunas escenas descarnadas, frenéticas o inquietantes. En este caso el agotado lector llega a desear que un virus mande todo el sistema informático al carajo y los personajes empiecen a relacionarse como seres vivos. Acabar el libro se hace un suplicio, y la sensación final es simplemente frustrante. Nada que objetar en cuanto al estilo o la estructura, de los que Larsson tampoco era un maestro. Pero sí que lamentamos que el autor no se haya dado cuenta de que se trataba, antes de ponerse manos a la obra, de reflexionar acerca del legado con el que iba a trabajar, analizar sus presupuestos, comprender los porqués de su magnitud.

El propósito era legítimo, en definitiva. Pero la ejecución deja mucho que desear. Nada de ello, pese a lo que sigan opinando los defensores de no se sabe qué esencias, impide que pueda haber un nuevo intento. Lisbeth Salander debe vivir. 

 



Iris Apfel. Para qué vivir sin belleza.


La llegada de Netiflix a España, territorio pirata donde cualquier iniciativa cultural que conlleve la remuneración de los autores parece un chiste, está permiténdonos acceder a pequeñas perlas que era muy difícil encontrar hasta el momento. Entre ellas este documental sobre la maravillosa Iris Apfel. Podemos calificarla como icono de la moda, pero nos quedaríamos cortos. Sería mejor decir de la vida, de cómo afrontarla en cada momento con la ilusión de la infancia, cómo llenarla de color, pequeños proyectos y una mirada hambrienta que hace de la cotidianidad una aventura. "Iris", en cuanto filmación, se muestra deslavazada y simple, pero acaso el personaje no requería otra cosa que una cámara devotamente entragada a la tarea de registrar sus pasos lentos: la vemos curiosear por tiendas de alto nivel y mercadillos, escoger la pieza más inverosímil e incorporarla a su imagen con un atino sorprendente que da fe de su creatividad, y sobre todo perorar acerca de su relación con la moda con la naturalidad de quien se resiste a reconocerse brillante. El documental es también una historia de amor, la de la pareja entrañable que forma con su marido y la de ambos con el mundo. Viéndolo uno no sólo aprende a apreciar la importancia de los abalarios de tonos chillones, sino lo que de por sí reflejan acerca del mérito de nadar contra corriente, de aceptarse y pisar firme cada vez que se sale a la calle, pese a la frecuente incomprensión de la mirada ajena. Defensora de las viejas artesanías y la imaginación perdida en un universo cada vez más previsible, donde hasta las transgresiones se encuentran previamente establecidas y programadas, Iris Apfel representa a nuestros ojos lo mejor de una cultura que, como las fotografías antiguas de las venerables publicaciones de moda, amarillea sin dejar de resplandecer.